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Los Clinton, un poder que se apaga


Si Obama obtiene la reelección el año que viene —y hay muchas posibilidades de que así sea— una de sus primeras tareas será buscar un nuevo responsable de la diplomacia. Hillary Clinton ha dicho que no seguirá como secretaria de Estado en un segundo mandato.
La retirada significará que, por vez primera en varios años, no habrá un Clinton en la cumbre oficial de la superpotencia.
En sus categóricas declaraciones a la CNN, Hillary Diane Rodham Clinton ha dicho que no aspirará ni a la vicepresidencia ni a ningún otro alto cargo. «No me puedo imaginar haciendo nada más exigente e importante que lo que hago ahora», explicó la actual secretaria de Estado.
Hillary irá apagando progresivamente la luz después de haber batido varios récords. Es la secretaria de Estado con más millas recorridas durante un mandato, la primera mujer elegida en su día senadora por el estado de Nueva York, la primera «First Lady» que aspiró a la presidencia de los Estados Unidos, y la única que ha sido citada a declarar ante un gran jurado por un caso de corrupción económica, el de Whitewater en 1996.
Si la estrella de Hillary se apaga (por voluntad propia: dice estar cansada de viajar a sus 64 años, aunque en los mentideros de Washington se dice que se preparará para asaltar la Casa Blanca en 2016), la de Bill Clinton ha vuelto a relucir desde la presentación, el mes pasado, de su segundo libro. «Back to Work» («De vuelta al trabajo»).
El ex presidente presentó la obra en noviembre acompañado por la hija única del matrimonio Clinton, Chelsea, de 31 años. Alabado por la crítica por su estilo y sobre todo su oportunidad —la creación de puestos de trabajo fue uno de los mayores éxitos de la «era Clinton» en los felices años 90—, el libro tiene un cierto aroma a venganza contra el ala izquierdista del partido demócrata, que hace cuatro años elevó a Barack Obama a costa de la candidatura de Hillary.
Todos vuelven a amar hoy a Bill, el gran seductor de la política norteamericana. El ex presidente vive de sus discursos, y vive muy bien. Una hora con Bill Clinton se cotiza a 150.000 dólares, unos 115.000 euros. El ex líder demócrata utiliza para mantener su aura internacional dos fundaciones: la Fundación Bill Clinton y la Iniciativa Global Bill Clinton. Para que no quepan dudas.

Los achaques de Bill

Pero su salud plantea algunas cuestiones, y muchos creen que no podrá volver a la primera línea. Después de un cuádruple bypass en 2004. el ex presidente fue intervenido de urgencia el año pasado por una nueva dolencia cardiaca y tiene dos stents en su arteria coronaria. Aquella circunstancia volvió a unir al matrimonio Clinton —el «más auscultado de América» según algunos— que parecía ir por enésima vez a la deriva después del escándalo del «Monicagate» y la salida de Bill de la Casa Blanca.
Los Clinton volvieron a hacer piña ante la adversidad médica y política. La secretaria de Estado canceló su agenda de viajes para correr al Presbyterian Hospital de Nueva York y estar junto a la cabecera de su marido.
En unas declaraciones a la revista «People», Hillary Clinton pasó con gran elegancia por encima de los episodios de infidelidad conyugal de su marido. «Nunca dudé del amor de Bill hacia mí, ni de mi fe y mi compromiso con nuestra hija», dijo la secretaria de Estado, para concluir con el sabio y clásico aforismo moral: «Aprendí a que no hay que tomar decisiones en los momentos en que uno está acalorado por la ira o por la decepción».
Hillary y Bill han sido fieles a ese compromiso, y han querido demostrarlo con ocasionales salidas en público. Ayer lo hicieron con su presencia en el funeral por Vaclav Havel en el Castillo de Praga. La ocasión más celebrada por el papel couché fue sin embargo en agosto, con ocasión de un breve paseo por la comercial Madison Avenue de Nueva York. En esta ciudad, los Clinton poseen una casa donde según sus amigos la pareja se reúne «cuando los viajes de ambos se lo permiten». En cualquier caso, «se hablan todos los días por teléfono».
La argamasa matrimonial se llama Chelsea. Y en ella depositan Bill y Hillary todas las esperanzas de continuidad de la saga más poderosa de los Estados Unidos.

Un trabajo de encaje

Durante sus años en la Casa Blanca, los Clinton llevaron a rajatabla la política de hands off impuesta a los medios respecto a Chelsea. La privacidad de su vida se concilió con los estudios en las universidades de mayor prestigio: Stanford, Oxford, Columbia. Bill le ha hecho un hueco en la fundación que lleva su nombre, y Hillary le eligió marido, con un sistema similar al del popular show estadounidense en el que las madres presentan las virtudes de sus hijas a los posibles candidatos.
Chelsea se casó el año pasado con Marc Mezvinsky, hijo a su vez de políticos demócratas y que trabaja para una firma de capital de riesgo. Hillary se viste con Carolina Herrera, pero eligió con su hija un vestido para la ocasión de la diseñadora Vera Wang.
Este verano comenzó la «fase dos». Chelsea fue fichada por la NBC como reportera del programa «Rock Center con Brian Williams», uno de presentadores estrella de la cadena de televisión norteamericana. Los Clinton querían seguir la estela de las otras dos sagas rivales (la Kennedy ya no cuenta) del bando republicano; una hija de los Bush, Jenna, colabora desde 2009 en otro programa de la NBC, y la hija del ex candidato John McCain, Meghan, trabaja en el canal MSNBC.
Chelsea se estrenó hace diez días con un reportaje sobre el trabajo social con inmigrantes en Arkansas, y el experimento inicial fue un fiasco. Las críticas subrayaron su timidez y falta de tablas, aunque la más devastadora vino de un medio muy cercano en su día a los Clinton: «The Washington Post». «Es quizá una de las mujeres más aburridas de su generación», escribió su crítico de televisión, Hank Stuever, al referirse a su trabajo como reportera.

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