Tienen hambre y corren desesperadamente por unas cuantas monedas de a peso hacía la carretera. No alcanzan la mayoría de edad y les toca pedir dinero a la fuerza. Son más de 300 niños del barrio de Tasajera ubicado en el norteño departamento del Magdalena. Todos son víctimas de un invierno que acabó con sus casas y las de más de 2 millones de ciudadanos de este país.
La vía hacía el mar, como llaman al tramo comprendido entre Santa Marta y Cartagena está inundada de gran cantidad de pobladores que en medio del desespero detienen los vehículos, se les lanzan a los conductores y les imploran que les ayuden económicamente.
El panorama es triste pero las víctimas lo ven como normal porque están en la miseria. Las mujeres más adultas se han estacionado con sillas a los lados de la carretera y con cuerdas obligan a los carros detenerse.
"No nos dejen morir. Ayuda, ayuda. Pasamos hambre", gritan las oscuras mujeres con unos rostros que a simple vista así lo demuestran. Los hombres rodean los vehículos para no dejarlos ir y los niños (todos descalzos), ingresan sus manos por las ventanas de los automotores y sacan el dinero.
Algunos menores corren con suerte y reciben hasta 1.000 pesos que les alcanza para un pan y una gaseosa. Otros deben seguir pidiendo porque se tropiezan con colombianos que ni siquiera se detienen porque temen ser asaltados, como se ha advertido por parte de las autoridades a los turistas que durante este puente festivo de Reyes Magos desfilan hacía la costa colombiana.
En realidad no hay peligro. Los ciudadanos prefieren implorar misericordia que hurtar. Todos han quedado sin techo, enseres y no tienen otro remedio. Los que menos perdieron conservan las estructuras de sus casas taponadas por el agua que se resiste a desaparecer porque el río Magdalena crece enfurecido y promete no permitir su ingreso pronto.
Cuando se les interroga a los moradores todos se vienen encima y piden que se les escuche. "No tengo nada, el agua se lo arrastró todo. Estoy arruinado", expresa Vitelia Ariza, líder comunal de Tasajera quien perdió hasta el aparato móvil con el que feriaba fritanga y longaniza.
Ahora se resigna a lo que puedan ofrecerle porque pasa hambre y sed, ya que en la localidad no hay servicio de agua potable porque el crecimiento del caudal de la ciénaga del Magdalena les destruyó el acueducto.
EL MUNDO.es pudo confirmar que la gran mayoría de los afectados por el invierno en la zona padecen de 'mazamorra', como llaman a los hongos o infecciones en los pies que los obliga a no usar zapatos porque se les empeora la enfermedad. Lo mismo que fiebres, dolores de cabeza y brotes de varicela en los niños. Los médicos por allí ni se asoman, según ellos.
Las zonas secas son pocas. Las canchas de fútbol están inundadas y las bicicletas han sido reemplazadas por canoas que se movilizan por las estrechas calles.
Tampoco hay trabajo en la zona porque hasta los peces (principal sustento económico de la región), han desaparecido porque las profundidades son altísimas y es difícil encontrarlos. Por esto, solo les resta pedir y esperar a que el Gobierno de Juan Manuel Santos se pronuncie.
"Nos han regalado cuatro mercados. Uno en septiembre, octubre, noviembre y diciembre. No alcanzan sino para tres días", dice Leiner Gómez Acosta, damnificado que esconde sus hijos de las carreteras cuando un carro lujoso detiene su paso. Teme que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar recoja a los niños porque considera están trabajando a temprana edad.
"Eso empeoraría nuestra situación. Los niños nos acompañan, no más", aclara. No obstante, los chicos corren peligro. Por la ruta hacía la costa transitan gran cantidad de camiones cargados con carbón, gasolina y maquinaría pesada que pueden arrollarlos y empeorar la situación.
Las víctimas del invierno se despiden. Creen que pueden conseguir más si no queman su tiempo contando sus historias y sí ganando a turistas que pueden llenar sus manos de monedas. "Qué sacamos con decir lo que nos suceden si nadie nos ayuda", grita Manuel José Cabrales, uno de los afectados.
El Gobierno Colombiano tendrá que reconstruir el 90% de Tasajera como otros municipios del norte colombiano. El problema es que no hay dinero suficiente. Mientras se consiguen los recursos a los pobladores no les queda otro remedio que seguir extendiendo su mano. Lo grave es que el turismo baja después del martes. ¿Luego a quién le pedirán?

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