La educación dominicana dará un gran salto adelante, si
se deja atrás el negocio, y se retorna a la etapa del maestro,como ente
generador de conciencia de la sociedad.
Recuerdo una imagen del maestro tradicional dominicano,
sentado en un parque, con los zápatos doblados, el pantalón deslucido en las
rodillas, camisa sin colores vivos, ejemplo de la pobreza y la sobriedad, pero
que era el camino a seguir.
Ese maestro, entre ropas desgastadas por el tiempo,
levantaba el pecho lleno de orgullo
porque a su paso lo reverenciaban los menores, los pobres lo idolatraban, y los
ricos, se quitaban el sombrero en su presencia.
El maestro era parte del corazón del pueblo, lo más puro,
lo más querido.
Hoy el maestro es una mujer o un hombre –el detalle me lo impone la división de
género- que sólo busca ganar un sueldo mensual, pero sin vocación para ser
conductor de las nuevas generaciones.
¿En qué momento el maestro perdió el espíritu de
conductor de masas, para pasar a ser un borócrata?.
La modernidad, las exigencias económicas y sociales de
los nuevos tiempos, y las eternas estrecheses económicas.
Son pocos los educadores de la nueva generación que usted
les hace una encuesta y señalan que se sienten orgullosos de su trabajo, y que
no lo cambiarían por nada en el mundo.
Si en el ayer los androjos que vestía le daban fuerza
moral al maestro, hoy, le llena de vergüenza
saber que tiene un salario por debajo del de su vecino, y que no se puede
comprar un carro.
El mal de la educación dominicana no es que todavía
carece del cuatro por ciento del presupuesto nacional, sino quelos educadores
perdieron la esperanza en el futuro y se aferraban al Dios Mercurio.
Un cuatro por ciento es una propuesta para los comerciantes y
empresarios del área educativa.
Un cuatro por ciento que se irá en la edición anual de
los libros de texto de la educación básica pública, El desayuo escolar y las
pruebas nacionales.
En vez del cuatro por ciento, hay que trabajar para
optimizar la educación, y destinar y
ubicar los recursos y facilidades de que se dispone.
Si llega el cuatro por ciento, bienvenido, pero todos los
males actuales van a seguir y sólo unos pocos se van a beneficiar de un pedazo de ese pastel.
Tenemos que abogar para que la educación sirva a los
mejores intereses nacionales, que ayude
a elevar el nivel de conciencia y conocimiento de la mayoría, y que sobre todo,
deje a un lado ser mercancía de venta al
mejor postor.
Los colegios privados no pasan de ser un comercio
vendedor de servicios, y son manejados como si fuera una carretilla de menudear
plátanos; los beneficios es lo que
importa.
El caos y el despropósito se adueñan del sector público,
con maestros inseguros de su trabajo, y
sueños hechos acerrín de dar un salto social.
Si no hay estos cambos ahora en la educación, el cuatro
por ciento será carnada para el tiburón.
Manuel Hernández
Villeta es periodista dominicano
