16.1.11

Sexo, mentiras y los primeros días del cine

A lo largo de las últimas décadas, los estudios sobre la historia de las mujeres han puesto de manifiesto una dimensión de realidad histórica olvidada durante mucho tiempo. No obstante, la elevada incidencia de enfermedades nerviosas entre los hombres demuestra que el cambio de siglo también fue una época difícil para ser hombre. 



Apretadas entre algo que muchos consideraban exigencias despiadadas de rendimiento y el papel cambiante de la mujer, las identidades masculinas se sintieron amenazadas. Por lo tanto, no es de extrañar que las angustias expresadas por los neurasténicos casi siempre tuvieran un componente sexual.

El sexo se había vuelto más accesible, pero al mismo tiempo se había convertido en un problema, en una amenaza. Las esperanzas y las oportunidades habían cambiado, sobre todo en las ciudades, y en especial entre los jóvenes. El carbón para la calefacción era más barato, y los apartamentos, funcionales ahora, favorecían la intimidad. Los miembros más jóvenes de una familia tenían más probabilidades de disponer de una cama e incluso de una habitación propia. Los estudiantes solían vivir en habitaciones alquiladas o en pensiones. La técnica y la ciencia también fomentaron una relación distinta con el mundo exterior y con la sexualidad. Las tesis de Freud sobre la omnipresencia de la sexualidad se abrieron camino hasta las salas de las familias más formales (no delante de los criados, por supuesto), y prosperaron las publicaciones que relacionaban la sexualidad con lo “natural” y lo “primitivo”, como lo demuestra el éxito arrollador de los libros populares de divulgación científica como Das Liebesleben in der Natur (“La vida amorosa en la naturaleza”, 1898-1902), del alemán Wilhem Bölsche, o los muchos sensibles y sensatos tratados del médico británico Havelock Ellis.

La ciudad misma ofrecía un sinnúmero de tentaciones y posibilidades eróticas entre la multitud anónima, incluidos todos sus peligros, reales o imaginarios. Los bulevares atraían a los noctámbulos; las posadas ofrecían la posibilidad de encuentros informales que la bebida propiciaba aún más; los teatros, los cines y las revistas excitaban al público enseñando la mayor cantidad de carne posible; las fotografías pornográficas se vendían en las equinas (también las ofrecían los periódicos, que las enviaban por correo); se proyectaban películas picantes en todas las fiestas “sólo para hombres”, y habían bastantes mujeres jóvenes solteras, y a menudo pobres, para asegurar una oferta ilimitada de prostitutas. De los hombres solteros se esperaba tácitamente que satisficieran sus impulsos en ese ambiente, siempre y cuando sentaran cabeza una vez casados.

Al mismo tiempo, sexo era sinónimo de peligro. Muchos neurasténicos pensaban que su enfermedad era “la consecuencia de las locuras juveniles”, alusión inequívoca a la sífilis y a los supuestos efectos devastadores de la masturbación. El miedo a la locura, y a una muerte lenta y dolorosa por culpa de la sífilis, era una presencia constante en Occidente, y hasta una disposición anímica moderadamente hipocondriaca bastaba para que un adulto maduro viera el mundo aterrorizado al menor síntoma que pudiera aludir a ese cruel recuerdo de sus ardores de juventud.

“La masculinidad”, escribió Ernest Monin en 1890, “se origina muy probablemente en la reabsorción incesante del esperma [en la sangre] [...] El abuso del coito, o de la masturbación, la pérdida del esperma, etcétera, produce el agotamiento de las secreciones seminales y, con ello, neurastenia, fobias y demás”. La actividad sexual, en particular la no destinada a la procreación, desembocaba en un declive inevitable y en la degeneración del individuo debilitado. Hasta Sigmund Freud creía que los dolores neurálgicos que padecía eran resultado de “una relación sexual incompleta” con su mujer, y en todo el mundo los médicos daban serios consejos a los pacientes sobre cómo impedir que sus hijos se masturbaran, consejos que iban desde evitar comentarios licenciosos y comidas picantes hasta la temida ducha fría, inyecciones y la cauterización de los genitales de las muchachas, todo siempre por una buena causa.

El mundo se había vuelto más emocionante; la ética capitalista lo invadía todo e invitaba a más gente, y con más fuerza que antes, a ser dueña de su propia vida, a trabajar mucho, jugar fuerte y decidir quiénes y qué querían ser, si bien se convenía universalmente en que ceder a esa excitación tenía consecuencias gravísimas. Mientras que la “masculinidad” era una virtud cardinal, el sexo seguía siendo un pecado mortal. “La cama es el verdadero campo de batalla del neurasténico”, señaló un paciente alemán.

La transformación del papel de las mujeres fue una presión añadida para el hombre y su identidad. Ahora que las sufragistas se manifestaban por su derechos y eran cada vez más las mujeres con mayor grado de independencia por ganarse su propio sueldo e ir a la universidad, los hombres tenían que ser más fuertes y más masculinos que antes. Enfrentados a ese coctel de energía constante, tentaciones, una sexualidad demonizada y una clase nueva y fuerte de mujer, los sentimientos masculinos de ineptitud eran inevitables. “Cada criatura femenina”, escribió un estudiante alemán de veinte años a su padre desde un hospital psiquiátrico, “me daba una puñalada en el corazón: ¡eres anormal!, eres anormal! ¡No puedes tener relaciones sexuales! ¡Eres un sádico perverso!”

Para la medicina, la neurastenia también tenía una cualidad muy gratificante: como una enfermedad, era lo bastante vaga para convertirse en un lienzo sobre el que pintar más de un cuadro de las preocupaciones de la sociedad. En Rusia, la investigación psicológica era muy avanzada y activa, muchos investigadores se sintieron intrigados por la enfermedad antes de desilucionarse con el batiburrillo teminológico. Más allá de la clase médica, la “enfermedad de la civilización” provocaba reacciones muy diversas. Para los que soñaban con occidentalizar el imperio, era una parte esencial de la modernidad y, en consecuencia, casi un signo favorable

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